Semana 3

 

La cultura Ferrería

La cultura Ferrería corresponde a las sociedades agroalfareras más antiguas conocidas hasta ahora en Medellín y su área metropolitana. El nombre fue tomado del barrio La Ferrería del municipio de Itagüí, donde se estableció la fecha de 460 años a. C., la más antigua hasta ahora para uno de sus asentamientos. Otras dataciones obtenidas en distintos sitios de habitación permiten, de manera consistente, rastrear su presencia hasta el siglo ni d. C., lo que indica una historia que abarca por lo menos ocho siglos. Para épocas posteriores sólo se dispone de una fecha del siglo xvi d. C., obtenida en un yacimiento arqueológico correspondiente a una vivienda, en el sector Belén-La Perla; y tres más, asociadas a tumbas de pozo con cámara lateral, halladas en el cerro El Volador.

Ante el vacío cronológico existente entre los siglos iv y xvi de nuestra era, estas fechas tardías deberán ser confirmadas para determinar si habitaban esta zona en el momento de la conquista española. Evidencias de estos grupos se han encontrado en una amplia región del macizo Central antioqueño. En efecto, cerámica Ferrería se ha reseñado en los municipios de Remedios, Yalí, Santuario, La Unión, Abejorral, Nariño, Liborina, Sabanalarga y el valle medio del Porce, en jurisdicción de Amalfi, Yolombó y Gómez Plata; en esta última zona se los ha rastreado desde el siglo ni a. C. hasta el siglo ix de nuestra era; allí mismo, una fecha del siglo xvi de nuestra era sugiere su continuidad hasta la conquista española; pero, al igual que en el valle de Aburrá, debe ser confirmada con más investigaciones para establecer si su historia se extiende a lo largo de dos mil años en el territorio antioqueño.

La cultura Ferrería se identifica arqueológicamente por un conjunto cerámico en el que la incisión como técnica decorativa es característica, con empleo de puntos profundos y líneas cortas sobre los bordes planos de las vasijas o en el cuerpo de las mismas; es común también la incisión profunda, a manera de escamas, en algunos cuencos. Hay ollas de tamaño variable para almacenamiento y transporte de líquidos y para la cocción y servicio de alimentos; se distinguen grandes ollas de cuerpo globular con bordes planos o muy evertidos horizontalmente, engrosados en su parte media y adelgazados hacia el extremo; ollas pequeñas de cuerpo globular con asas laterales, cuencos hemisféricos sencillos o de cuerpo aquillado decorado, y platos planos. En general, se trata de una cerámica con buenos acabados y buenos niveles de cocción, que indican un dominio total de las técnicas de producción.         

          

                                               

 

Los asentamientos

En el valle de Aburrá los lugares de habitación de tales sociedades se han identificado en el sector suroriental entre la quebrada La Iguaná y el municipio de La Estrella, zona donde se han realizado investigaciones arqueológicas; pero, indudablemente, deben encontrarse por toda el área metropolitana. Las viviendas estaban localizadas sobre planos naturales en la cima de las colinas, y sobre aterrazamientos artificiales construidos mediante banqueos en las laderas de menor pendiente. Los asentamientos de las partes bajas se ubicaban cerca de las quebradas sobre las cimas amplias de las colinas del piedemonte que rodean la llanura aluvial. En éstas, en una capa de suelo de 6o cm. de grosor, se acumula gran cantidad de fragmentos de cerámica así como hachas y cinceles pulidos; en contraste, los sitios de las partes altas son de menor extensión y contienen más baja densidad de evidencias materiales. Tales diferencias dan cuenta de un patrón de ocupación conformado por asentamientos nucleados en las partes bajas a manera de pequeños poblados, a los que se articulaban viviendas satélites de las partes medias y altas de las laderas, ocupadas por unidades familiares menores, presumiblemente para el control y cuidado de zonas de cultivo.

Este patrón de asentamiento debió ser concomitante con una explotación del valle mediante diversas actividades económicas: existen evidencias arqueológicas del cultivo de maíz, planta que en los sistemas agrícolas prehispánicos se integraba a otras especies como fríjol, auyama y tubérculos.

Dada la abundancia de corrientes de agua, la existencia de bosques y de zonas pantanosas dentro de la llanura aluvial, actividades como la pesca, la recolección y la caza debieron ser muy importantes y complementarias de la agricultura.

Las pautas funerarias          

Son muchos los aspectos de la cultura Ferrería que se desconocen. Entre éstos, es particularmente notable el relativo a las pautas de enterramiento. Al respecto, es significativo que, a pesar de la tradición de guaquería y de los innumerables hallazgos efectuados durante la urbanización del valle, no se conozcan tumbas de esta gente. Posiblemente, los entierros se efectuaban en lugares altos alejados de los sitios de vivienda, en los que aún la urbanización es incipiente.          

Bajo esta suposición, es factible que pertenezcan a esta cultura grandes cementerios, parcialmente explorados, ubicados en las cimas de colinas altas o en las cuchillas de las montañas al suroccidente del valle, como el cerro del Tobón, el del Padre Amaya, las elevaciones aledañas a Boquerón y el sector de San Javier La Loma, entre otras. Superficialmente, se caracterizan por la presencia de depresiones circulares del terreno, de uno a cuatro metros de diámetro; parecen corresponder a estructuras profundas, constituidas por un pozo y una cámara lateral donde se enterraba a los individuos; quizás uno de los ejemplos más sobresalientes sean las halladas recientemente en el cerro El Volador, las cuales pertenecen a un extenso cementerio que abarca gran parte de la cima y las laderas. La posibilidad de que este cementerio, y los otros con características similares que se encuentran en las partes altas del valle, correspondan a dicha cultura, se apoya en la ausencia de enterramientos en los sitios de vivienda investigados en el suroccidente del valle, zona en la cual se encuentran numerosos sitios de habitación Ferreria.

Las tumbas de pozo con cámara lateral del cerro El Volador se destacan por la forma de la cámara donde los muertos eran colocados. Se trata de una estructura en la cual, mediante grabados en la tierra donde se excavó la tumba, con cierto detalle y realismo, se representan la cubierta de paja del techo y las paredes de un vivienda circular de techo cónico. Las tumbas hasta ahora estudiadas carecen, en su mayor parte, de restos humanos; en una de ellas el techo de la cámara cayó por accidente y sepultó el contenido, lo que probablemente dificultó la evacuación posterior del mismo; esta situación permitió recuperar el contenido y conocer el uso que se daba a tales estructuras. Bajo la tierra derrumbada se encontró un entierro colectivo, con los restos de varios individuos, incluidos niños. Muchas de las tumbas existentes en El Volador han sido destruidas por buscadores de tesoros; otras, al parecer, fueron evacuadas por los mismos indígenas ya que a diferencia de las anteriores, la cámara y el pozo de acceso se conservan intactos; en algunas de ellas se encuentran huesos de caballo y vaca, loza de porcelana y vidrio junto a fragmentos de cerámica indígena y volantes de huso para hilar (Santos, ~ Santos y Otero, 1994). Tales elementos y las fechas de radiocarbono obtenidas confirman su construcción en los siglos xvi y xvii de nuestra era, es decir, en una época contemporánea a la conquista española.          

El arqueólogo Gustavo Santos (1993> quien se ha ocupado del estudio de tales estructuras, considera que se trata de tumbas de los aburraes, los grupos que encontraron los españoles. Sin embargo, no hay datos arqueológicos que indiquen que los aburraes constituyan una población invasora que haya ocupado el valle en épocas recientes ni que fueran de una cultura diferente de los ancestrales pobladores del valle; en tal sentido, los llamados aburraes bien pueden representar el desarrollo tardío de una de estas culturas. De otra parte, dada la magnitud del cementerio y los procesos de aculturación y desestructuración de los sistemas simbólicos de la población indígena provocados por la conquista española, es poco probable la hipótesis de que correspondan a grupos trasladados al valle por parte de los peninsulftres.          

En el cerro El Volador, además del sistema de enterramiento antes mencionado, se han excavado varias estructuras propias de otros dos sistemas de enterramiento. Uno de ellos se caracteriza por pozos sencillos de 8o cm de diámetro y de ir a 1.50 m de profundidad, en los que se depositaron urnas funerarias con restos humanos calcinados. Este tipo de entierros es muy común en el valle de Aburrá; se realizaba en los sitios de vivienda localizados en aterrazamientos sobre las partes bajas de las laderas del cerro, y es propio de la cultura Pueblo Viejo.

Respecto del tercer tipo de entierros sólo se conoce una estructura, hallada en un aterrazamiento de las laderas del cerro, en la que también se encontraron entierros en urnas funerarias. Consiste en una tumba de pozo rectangular, de poca profundidad, en la que el cadáver de una mujer joven fue colocado en posición extendida; está asociado a restos incinerados, dispuestos en nichos laterales construidos en las paredes de la tumba y a una vasija propia del estilo Ferrería. No se conoce la cronología de este entierro, pero constituye el único que con certeza puede asignarse a la cultura Ferrería; podría corresponder a un tipo de entierro propio de épocas tempranas del desarrollo de dicha cultura.